martes, 22 de abril de 2008

UN CASTIGO "EJEMPLAR"

De esta forma titulaban algunos periódicos la sanción a una madre gaditana por haber abofeteado y “tirado de los pelos” a su hija de siete años. La niña hizo un comentario soez sobre la masculinidad de la nueva pareja de la madre que fue respondido, impulsivamente por parte de la madre, en forma de lo que antiguamente se denominaba “soplamocos”. No se puede acusar a la niña de haber actuado con especial mala sangre ya que, seguramente, desconoce el significado profundo y chocarrero del término “homosexual” que, contradictoriamente, la nueva pareja de la madre casi con seguridad no lo era dada la relación heterosexual. En cualquier caso, la noticia podría engrosar el anecdotario nacional a no ser que la niña y la madre ya llevan 28 meses sin tener apenas comunicación por la orden de alejamiento que esta neurótica sociedad le había impuesto más otros 21 que conlleva la sentencia, resultando que madre e hija van a totalizar CUATRO años de separación por una agresión que si bien ninguno compartimos en su ejecución menos simpatía sufro al ver que la solución como ya vaticinábamos en este mismo blog (ver “La cachetada” el 6 de enero de este mismo año) es separar a progenitores e hijos por períodos tan prolongados en los que su relación se desestructure de una manera tan brutal. Nunca mejor dicho: “peor el remedio que la enfermedad”.

Obviamente, al igual que numerosas mujeres han instrumentalizado falsas denuncias de malos tratos o de abusos sexuales hacia sus hijos (recomendado como “vía rápida” por ciertos abogados sin escrúpulos para lograr casa e hijos más pensión de manera automática) en detrimento de las que verdaderamente los sufren colapsando los pasillos judiciales con sus libelos. Esta vez se ha “abierto el cielo” para los padres separados con objeto de recuperar la custodia filial y dejar de pasar la pensión. Todo ello sin necesidad de inventarse nada. Indiscutiblemente no tiene que ser este el caso que nos atañe pero, precisamente, la denuncia ha sido presentada por su ex pareja que se encontraba en proceso de separación.

Cuatro años sin contacto con la madre o sin padre, igual de nocivo. Una eternidad a esas edades en que todo sucede tan rápido. Los vínculos se rompen con facilidad y tan solo queda el amargo regusto de la venganza en algún progenitor.

martes, 15 de abril de 2008

UN PEQUEÑO DESCUBRIMENTO


Cada semana que transcurre resulta en un pequeño desafío escribir este “blog”. Si he de ser sincero, despreciando a la vanidad, la variedad de experiencias profesionales y mundanas hace difícil escoger la vivencia más rica en contenido que se pueda relatar.

Dudaba escribir entre unas y otras hasta que hace escasos días recibí la nerviosa visita de unos padres acompañados de su hijo de diecipocos años. El tema era relativamente corriente pero no por ello menos grave: un posible problema de drogas que parecía padecer el chico.

Los primeros minutos de la entrevista transcurrieron con celeridad. Padre y madre cursaban acusaciones mutuas acerca de sus respectivas responsabilidades en la patología de su hijo. Parecía evidente que algo no funcionaba entre ellos hasta que, ante la evidencia de un discurso tan incoherente, la madre me miró fijamente y me aclaró con voz ronca: “Estamos separados hace casi diez años”.

El chico, sentado en una tercera silla, permanecía como un perfecto invitado de piedra a esta conversación en la que se hablaba de él pero, paradójicamente, no se le tomaba en cuenta. Media hora después, ante el aburrido desarrollo de la entrevista, pedí a ambos padres que me dejaran a solas con el silente adolescente. El chico apenas hablaba y, ciertamente, se expresaba con dificultad. A través de la puerta se filtraba el fuerte tono del rígido padre propio de un guardia civil del siglo diecinueve. Parecía evidente que el adolescente no estaba acostumbrado a comunicarse con sus congéneres ni menos aún a sentirse comprendido. ¿Qué le había sucedido en estos años?, ¿Cómo pensaba?, ¿Qué sentía? La hora de consulta se había agotado y, por un momento, me dio la impresión que todo iba a acabar en una fría y confusa despedida.

Siempre dejo para el final los datos de filiación del paciente: nombre, apellidos, dirección, teléfono, correo electrónico, etc. La razón de este ritual es no interferir con la espontánea naturalidad que casi todas las personas muestran en los primeros minutos de contacto. Fui rellenando todos los campos que aparecían en los verdes reflejos de la pantalla del ordenador. Ciertamente, estaba resignado a aplazar la comprensión de este caso en pos de una futura visita. Al preguntarle por su correo electrónico, el chico bajó la mirada y, por un momento, observé un destello de vergonzosa complicidad en sus ojos. Volvió a fijar su mirada en la mía y susurró como si de una revelación se tratase un correo electrónico que obviamente no voy a revelar pero que era muy similar al siguiente: manuelestoysolo@hotmail.com. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. En un solo instante aprendí más del caso que en toda la hora anterior. Una inmensa pena se apoderó de mi estado de ánimo. Al salir del despacho el chico me miró con cierta connivencia. Creo que el sabía que yo acaba de ser el receptor de una pequeña pero importante verdad de su vida.

martes, 8 de abril de 2008

EL PENSAMIENTO ÚNICO

Me resulta cada vez más inquietante cómo en los medios de comunicación se tiende a “uniformizar” las opiniones: parece que todo el mundo piensa de manera similar. Consideran que ciertos temas son “intocables” a la hora de discutirlos. Cuando se disiente, se tiende a descalificar al contrario, no desmontando sus argumentos sino en el terreno personal. Los “mass media” amplifican esta corriente ideológica sintonizando con la siguiente idea: “si no estáis conmigo es que estáis contra mi”. Pues no es necesariamente así. El pensamiento, evidentemente, no tiene que ser tan sólo bidireccional como en un básico episodio de “Barrio Sésamo”: “arriba o abajo”, “derecha o izquierda”, “blanco o negro”. Debemos enseñar a nuestros hijos a pensar y a ser rebeldes. A poner (casi) todo en tela de juicio. Crear nuevos argumentos para que ellos mismos lleguen a similares o desiguales conclusiones.
Hace pocos días mi hija de dieciséis años veía un debate, por no decir un fusilamiento, a cierta persona ausente de este programa televisivo que había osado comentar algunos aspectos sobre la sexualidad de algunos menores de edad. Estos seres de “pensamiento único” se reforzaban unos a otros en sus argumentos. Más aún, en ciertos momentos, alguno de ellos parecía querer superar los de otro contertulio y remontaba más todavía en el escalón del despropósito. Miraba, de reojo, a mi adolescente hija para observar su reacción hasta que, al parecer, no pudo más y dijo: “Pero Papá, eso que dicen no es cierto. Muchas de mis amigas disfrutan provocando a chicos que son mayores de edad”. Una pena que la televisión no sea interactiva y que los que, en ocasiones, estamos al otro lado de la pantalla, no podamos intervenir en directo. No es problema de posicionamiento político ni religioso, hay cosas que simplemente ocurren. La realidad no sabe de posiciones “políticamente correctas”. Afortunadamente.

miércoles, 2 de abril de 2008

PSICÓPATAS Y COMPASIÓN

Hace tan sólo dos o tres días un medio de comunicación me entrevistó en referencia al terrible asesinato de la niña onubense Mariluz. Para sorpresa del periodista opiné que todos habíamos aprendido algo y no tan solo respecto a los fallos ya tan comentados de la propia justicia sino aquellos relacionados con la actitud del padre. Creo que su serenidad y paz interior propias de una persona con gran vida interior y un sistema de creencias activo en lo más profundo de su mente le ha servido para poder ordenar su dolor en los peores momentos de sufrimiento. Más aún, sus palabras exentas de venganza pero impregnadas de justicia han rezumado autoridad moral y revalorizado sus peticiones ante nuestra sociedad.

La emoción clave ha sido la compasión. Esa sensación que justamente la semana pasada una revista científica norteamericana afirmaba haber localizado en una zona determinada del cerebro pero que, más importante aún, concluía que podía enseñarse a nuestros hijos y que podía desarrollarse, cito literalmente, “como quien aprende a tocar un instrumento musical”.

El padre llegaba a “no desear al asesino ni un solo día” de los que él había padecido. Es decir, una demostración sublime de empatía, de saber ponerse en el lugar del otro. Algo que, lógicamente, el asesino nunca supo hacer. La “empatía”, ese congeniar íntimamente con otra persona hasta el punto de poder vivir y sentir lo que el otro padece es impropio de los psicópatas. Es una pena que para tener que descubrir seres humanos como Juan José Cortés haya tenido que suceder algo tan terrible. Ojala que los telediarios estuvieran plagados de seres semejantes a él que supieran ponerse en el lugar de los demás en vez de psicópatas que, en algunos casos, tienen participación de nuestra vida diaria y que no siempre se dedican al crimen.

Siempre nos quedará el dolor de no haber visto crecer a Mariluz al lado de un padre como Juan José. Quien sabe que tipo de futuro le aguardaba en nuestra sociedad. Al menos ella tuvo el padre que, probablemente, el asesino nunca tuvo la alegría de conocer. Descanse en paz.

viernes, 8 de febrero de 2008

MORIR DE ABURRIMIENTO HACIENDO EL INDIO (EN CANADA, ESO SI)

Hace poco más de un año tuve un viaje de trabajo a Norteamérica, específicamente a Filadelfia. Al acabarlo comencé a viajar hacia el norte y después de llegar a Canadá seguí conduciendo más y más kilómetros en un ciego deseo de ver una “aurora boreal”. Al irme aproximando al círculo polar ártico las carreteras asfaltadas dieron paso a caminos ripiados de mucho polvo y difícil conducción. Mucha distancia y un vano sueño ayudaron a dar con mis ya cansados huesos con la “Nación Cree”. Valerosos indios que antaño demostraron sus dotes de resistencia frente al hombre blanco en innumerables ocasiones. El pueblo de Mistissini dotado de casitas prefabricadas y pintadas de color pastel se encontraba como suele ser usual al borde de un gran y precioso lago canadiense bordado de espesos bosques de pinos. Mientras deambulaba por el pueblo después de alojarme en el único hotel regentado por los propios indios (“Caray, eres el primer español que vemos”) tuve la fortuna de conocer a su jefe. Este no vestía, como parece ser lógico, ningún atuendo indio ni mucho menos plumaje alguno. Más aún, además de jefe, Thomas Gunner ese era su nombre occidentalizado, también era el jefe de bomberos y de la policía. Todo un personaje. Tiempo después, al igual que en un episodio de Tintín, y aunque resulte tópico, me hice amiguito del jefe de la tribu y en un sorprendente arrebato de inocente exhibicionismo me paseo por el pueblo en un inmenso camión de bomberos con la sirena a todo trapo asustando y divirtiendo, por igual, a sus congéneres. ¿Qué había sido de la feroz nación Cree?. Las numerosas subvenciones del gobierno canadiense facilitaban que prácticamente todos pudieran vivir sin trabajar. Ya no cazaban ni pescaban. Se alimentaban mediante un gran supermercado en el que obesas empleadas despachaban sebosas alitas de pollo asadas u otros alimentos que nunca estuvieron presentes en su dieta. Panes de harinas refinadas provocaban desarreglos en la dentadura y digestión que ellos nunca habían sufrido. Prácticamente no se veía un solo indio (a excepción de Gunner) que tuviera un peso proporcionado a su estatura. Los indígenas poseían grandes camionetas americanas y las utilizaban constantemente para desplazarse de una casa a otra en un pueblo que, como mucho, se podía atravesar de lado a lado caminando en tan solo diez o quince minutos. Algunos jóvenes deambulaban de un lado a otro sin saber que hacer y contrabandeando alcohol del pueblo canadiense más cercano ya que ellos lo tienen prohibido.

En la periferia del poblado un “taller-escuela” subvencionado por el gobierno canadiense promocionaba que los conocimientos de los ancianos fuesen transmitidos a los más jóvenes. Me acerqué a observar que sucedía allí: una hilera de ancianos sentados en patético silencio tenían la mirada perdida mientras un par de jóvenes parecían tallar un arco y algunas flechas con cierta desgana. Uno de ellos, al verme extranjero y con cierto deseo de conocer sus costumbres quiso exhibir sus habilidades con el arco y las flechas. Salió fuera del inmueble y en un gesto similar al que seguramente muchos de sus ancestros habían ejecutado en los últimos siglos apuntó con el arco a un imaginario objeto lejano. No me pregunten como porque todo ocurrió muy rápido: la flecha salió más bien disparada en vertical, rebotó en la rama de un árbol cercano y comenzó a caer sobre nuestras cabezas para espanto de todos los presentes y de los ancianos que hasta hacía un momento sonreían orgullosos por la hazaña del otro nativo y que parecieron recuperar instantáneamente la juvenil agilidad. En un solo instante una flecha lastrada por una pesada punta de piedra caía a mi lado sin herir a nadie. El chico, de unos veinte años, la recogió y se metió avergonzado sin decir ni “mu” de vuelta en la escuela.

Momentos después, poseído por cierto presentimiento, me acerqué al cementerio del pueblo. Mis temores se confirmaban: existían numerosas tumbas de personas que rondaban los treinta y cuarenta años. ¿Qué los mataba?, ¿el aburrimiento?, ¿la obesidad?, ¿el alcohol? Lo cierto es que, seguramente, una combinación de varios factores. Lo tenían “todo” excepto lo esencial: un motivo claro por el que vivir. ¿Qué tiene que ver esta historia con nosotros o el tema educativo? Saquen ustedes mismos sus propias conclusiones.

domingo, 6 de enero de 2008

LA CACHETADA

Me encontraba viendo el documental “Ser y tener” por segunda vez en estos meses cuando advierto que en una de las escenas la madre de uno de los niños le da un ligero manotazo por equivocarse en la tabla de multiplicar. Esto me hizo recordar la polémica creada en nuestro país acerca de los supuestos maltratos físicos. Parece que no hubiésemos cosechado suficientes truenos de la otra mal llamada “violencia de género” donde multitud de parejas acaban denunciándose unos a otros, en algunos casos por razones justificables pero en otras, la mayoría para obtener réditos económicos. Todo ello sin considerar algo relativo al sentido común como acudir a mediadores que reconduzcan la situación antes que poner los pies en una comisaría y dar lugar a una situación que ya suele ser irreversible. Debo ser un “bicho raro” que prefiere intentar arreglar las cosas sin abogados de por medio. Más aún cuando las relaciones entre seres humanos son tan complejas y delicadas que, una vez rotas, tienen difícil solución.

Por supuesto que estoy de acuerdo en no castigar físicamente a los niños, no solo a ellos sino a nadie más. Por supuesto que no comparto que hombre y mujeres se agredan pero, ¿realmente se puede legislar toda actividad humana en nuestro entorno? ¿Comenzaremos también a ver padres y madres esposados que pasen los fines de semana en los calabozos cuando el adolescente de turno quiera salir de madrugada y provoque una discusión familiar? Muchos saben lo fácil que es llamar al 112 en un momento de acaloramiento. ¿Todo se arregla con leyes y abogados?

No cabe duda que la intención de la ley es buena pero su cumplimiento puede dar lugar a situaciones mucho más complejas que la situación inicial que pretendió mejorar. Casi todo el mundo está de acuerdo en no agredir a los niños si bien no necesitamos al “Gran Hermano” que nos lo recuerde de manera constante y se entrometa en nuestra vida diaria. Incluso también, ya puestos a opinar, estoy en desacuerdo en que el Estado tenga el monopolio de la violencia. Es decir, el único que pueda “administrarla”, ¿o es que ellos no piensan renunciar a su empleo? ¿Quién controla al Gran Controlador? Muchos estamos en desacuerdo con la violencia aplicada a los niños pero también en desacuerdo con legislar cada aspecto y conducta de nuestras vidas.

¿Qué opináis al respecto?

FELIZ AÑO A TODOS

Me encuentro sentado delante del ordenador sobre la cama, piernas cruzadas y el portátil advirtiéndome que no queda mucha batería. Es uno de enero y me encuentro en Estambul. Una vez más me fascina caminar por sus calles y entrar en alguna de sus miles de tiendas. No estoy seguro si reflexiono sobre otro año que se ha ido pero, curiosamente, me fascina más este incipiente año: proyectos y más proyectos. Me he levantado muy optimista con mis doce uvas turcas. Resulta importante descansar para tomar nuevos bríos y deslizarme por la realidad. Tan solo un par de días de descanso y mi estado de ánimo ha mejorado. Se me ha quitado ese cansancio que me iba invadiendo. Estoy mejor. Me siento mejor. Más descansado. Paradójico: trabajo para ganar dinero y poder viajar y descansar para, a su vez, encontrarme mejor y poder trabajar. Quizás me fascinan ciertas cosas que tengo muy dentro de mí y que ni yo mismo conozco: las calles llenas de gentes, los aromas de los bazares, la cercanía del mar y cuando visualizo a los cientos de ejércitos pisando las mismas piedras por las que paso. Realmente no viajo, sueño. Pagamos por soñar. Se me acaba la batería. Feliz año a todos los que estáis siguiendo nuestras peripecias.

lunes, 10 de diciembre de 2007

UNA TRAGEDIA QUE PUDO SER

Algo insólito ha ocurrido en casa. Lo cierto es que se decidió casi en la clandestinidad: me he deshecho de la televisión principal. Se que debería haber mantenido este acontecimiento en cierto discreto secreto, más aún cuando el que escribe estas líneas participa con cierta asiduidad en las tertulias catódicas opinando sobre temas relacionados con la "psique" humana con mayor o menor fortuna. Un determinado día puse un anuncio en Ebay y siete días más tarde tres fornidos chicos bajaron los nueve pisos de casa con un tremendo aparato que rondaba los cien kilos. Imaginaba que la rebelión entre mis tres hijos iba a generar por lo menos, una protesta general y algún atentado contra mi seguridad. Sinceramente lo que más temía era "el día después". Sin embargo, el domingo amaneció como siempre excepto el cauteloso sonido del cierre de la puerta del salón que siempre me despertaba y que profetizaba una fuerte sesión de dibujos animados. En cambio, el más pequeño permaneció en su habitación jugando con sus coches y muñequitos y recreando su fantasías. No hubo protestas. A media mañana se levantó el mediano. Miedoso que víctima de algún extraño Síndrome de abstinencia electrónico le hubiese afectado alguna zona de la sustancia cerebral me acerqué a él con cierta cautela y, sin embargo, me dio un beso de buenos días. Para mi sorpresa, en vez de demandar el visionado de alguna trasnochada serie americana me miró fijamente a los ojos y me dijo: "Papá, ¿qué vamos a hacer hoy?. Esperamos a que la mayor se despertase para recabar su opinión. El caso es que nadie pareció echar de menos la "cosa" que había permanecido contra una pared del salón y de cuyo rodapié pendían todo tipo de cables y conexiones a otros aparatos auxiliares que a modo de cordón umbilical seccionado yacían sobre el "parquet". Silenciosamente, como cuando alguien de la familia ha fallecido y todos lo saben pero nadie quiere hablar de ello, propuse irnos al Rastro en esa aún bella mañana de domingo. Por fin logramos llegar antes del cierre de los puestos y pasar una mañana genial. Para los más escépticos y cobardes (como yo lo era hasta ese día) he de aclarar que una bella pantalla de plasma adorna una de las paredes del dormitorio principal. Nunca se sabe si algún miembro de la familia necesita con cierta urgencia algún capítulo de los Simpson. Sin embargo, hasta ahora, la pantalla se nutre de contenidos de un portátil cercano: algún capítulo de Pipi Langstrum que, aunque parezca mentira, hace las delicias del pequeño para desesperación de los psicópatas-creativos nipones. Pero, sobre todo se ha recuperado cierta capacidad de comunicación y los chicos ocupan su tiempo libre en otras cosas más productivas, especialmente el jugar (si, lo considero "productivo" sin lugar a dudas). increíble, si no lo veo no lo creo. ¿Se atreven ustedes?.

PD: como pronosticábamos hace pocas semanas ya nadie se acuerda de los niños del Chad. ¿Niños?, ¿Qué niños?.

lunes, 19 de noviembre de 2007

ESAS PEQUEÑAS LECCIONES

Son esas pequeñas cosas que, en ocasiones, en tan solo un momento constituyen grandes lecciones de la vida. Son instantes que permanecen en la retina. Pequeñas historias anónimas que, en ocasiones pasan desapercibidas para los viandantes. Incluso para aquellas personas que forman parte de la escena, del propio cuadro urbano.

Me encontraba realizando algo tan banal como acompañando a mi hijo pequeño mientras se cortaba el pelo. La peluquería se encuentra, aproximadamente, un metro por encima del nivel de la calle. Lógicamente el acceso se realiza a través de una pequeña rampa lateral que salva dicho desnivel. La zona frontal del establecimiento es completamente de cristal de modo que los viandantes pueden ver a los clientes siendo sometidos a la tijera del fígaro de turno. Como es lógico los que estábamos en su interior también podíamos ver a la gente que se para en el quiosco de prensa o a comentar, en corrillo, alguna noticia o, simplemente a saludarse.

Mientras me congratulaba de ver como la irregular melena del chico era transformada en un corte aseado. Todo ello después de semanas de perseguirle a todas horas e intentar buscar un hueco en que pudieran “pelarle”, sucedió la escena que motiva escribir estas líneas.

Una chica caminaba calle arriba apresuradamente forzando el paso. Quizás llegaba tarde a alguna cita o entrevista de trabajo. Mientras caminaba intentaba extraer o introducir algo de su monedero, posiblemente el metrobus. En ese instante, mientras mi atención se encontraba repartida entre la cabellera de mi hijo y la visión de la chica observé como una moneda se le caía del bolso, imagino que causando el lógico sonido metálico, cosa que desconozco ya que detrás de cristal todo transcurría en silencio. Ella se gira, en su prisa, intentando localizar dicha moneda. Sin embargo, desde mi posición, aprecio como la moneda rueda tan solo un par de metros hacia atrás y una niña de unos siete años se agacha y la recoge. En ese instante sucede todo a cámara lenta: la niña mira hacia la chica que, en su prisa, se aleja disgustada por haber perdido la moneda e impotente en pararse a buscarla. Tan solo dos o tres metros distancian a la niña de la chica. Yo, posicionado en un vértice de un triángulo imaginarioi también me encuentro a la misma distancia. Preveo que la niña que sabe perfectamente a quien pertenece la moneda va a pegar un salto y dársela con una sonrisa a la chica. Pero, en ese instante la madre le dice algo a la niña que a su vez mira a la madre. Vuelve la mirada hacia la chica que ya, definitivamente, se aleja frustrada por la pérdida y se guarda la moneda en el bolsillo. Nunca sabrémos que escuchó esa niña pero, seguramente, los pocos céntimos que usurpó probablemente le saldrán muy caros en su próxima lección vital. Una pena de oportunidad perdida. Una pequeña escena urbana. Una reflexión.

lunes, 5 de noviembre de 2007

LOS NIÑOS INVISIBLES

Imaginemos un mundo donde una ONG se dedica, supuestamente, a traficar con niños. Bueno, quiero decir que los lleva de un lado a otro y cobra una suma a los padres adoptivos que desconozco si compensa sus gastos internos. Al mismo tiempo, el país de donde salen dichos niños mantiene relaciones tortuosas con la nación que los acoge. En particular debido a que una compañía nacional que se dedica a la explotación petrolífera de la zona, que casualidad, de donde provienen dichos niños. Paradójicamente, la explotación de los hidrocarburos ha traído más miseria que riqueza a los habitantes de dicha región. ¿La causa? Inmigración descontrolada y guerra fronteriza por el tema del petróleo. Para rematar la situación las instalaciones de producción y transporte del petróleo han arrasado con una importante zona que otrora se dedicaba a exiguos cultivos que, por lo menos, alimentaban a las familias autóctonas.

Por si todo lo anterior no fuese suficiente para deprimirse ante un escenario tan gris la mayor parte de los ingresos por el petróleo se volatilizan antes de ser ingresados en las arcas del estado. Hasta el punto que el Banco Mundial ha intentado numerosas veces controlar la situación sin un ápice de éxito. Digamos que este país encabeza con la primera posición las listas de corrupción internacionales.

Más aún, es un país en el que muere por desnutrición y enfermedades un niño cada cinco minutos. Un país al que su corrupto gobierno no solo no le ha importado 103 niños sino tampoco muchos miles más. El otro país, el que le roba el petróleo e ingresa el miserable dinero en alguna remota cuenta tampoco ha movido un solo dedo para favorecer a esas miles de familias que prefieren enviar, regalar o vender a sus pequeños. A todo esto llega la ONG y se lleva para bien o para mal unos cuantos niños. En ese momento a todos les da un ataque de moralidad, entre ellos al comprador de petróleo que se pone sumamente nervioso al ver peligrar su oscuro y pegajoso negocio.

Enciendo el televisor y veo a un dictador africano que se dirige a un desgraciado piloto reprochándole su pertenencia a una banda de pederastas. El pobre hombre solo acierta a contestar: “no, yo soy español”. Me quedo perplejo ante tanta hipocresía y desinformación. Apago la tele y sueño con diversas soluciones. En todas ellas los niños son felices y sonríen con sus grandes dientes blancos. De hecho me dan ganas de fletar otro avión y llevarme a los niños mientras unos y otros intentan lavar su ya sucia imagen. Seguramente devolverán a los niños a su lugar de origen. Muchos morirán anónimamente y nunca nos enteraremos porque ya para entonces los niños no serán noticia. De hecho sucumbían desde hace muchas décadas y apenas sabíamos de su miserable existencia. Nada habrá cambiado.



Si te parece que he sido demasiado crítico o todo lo contrario, por favor deja tu opinión. Miles de personas la leerán y compartirán sus pareceres.

sábado, 13 de octubre de 2007

SOLO ANTE EL PELIGRO

Una serie de casualidades han facilitado que pueda escribir hoy este blog. La primera de ellas es que hace pocas semanas una conocida mía me propuso que la ayudase en cierto menester rayano en lo médico y lo legal. Me explico: esta persona se encuentra muy dolida debido a que el padre de su hijo la abandonó hace unos meses y en la actualidad tiene nueva pareja. Resulta que no está de acuerdo en que el padre e hijo se encuentren, además de fines de semana alternos, martes y jueves. Le pregunté cuales eran los motivos para desear ese distanciamiento, en principio nada deseable entre progenitor y vástago. Las respuestas eran vagas y confusas y ocultaban un comprensivo dolor emocional por la ruptura de pareja y un pernicioso afán de venganza en la que el hijo era el arma ejecutoria. Una situación evidentemente triste para todos pero, especialmente nociva para el hijo en cuestión.

Una vez explicada la situación le pregunté acerca de mi papel en este caso: ¿mediador entre los dos para llegar a un acuerdo? ¡No!, tendría que certificar que ella estaba siendo sometida a “malos tratos” para obtener de esta manera una intervención judicial fulminante que evitase las visitas por parte del padre a su hijo. Obviamente me negué a extender dicho favor principalmente para no ser cómplice de tal desaguisado y, además, condenar a un niño inocente de muy pocos años a crecer sin padre y, encima, pensado que era un delincuente. Esta persona se enfadó bastante por no desear participar en algo que consistía en extender “solo” era un certificado médico y no he vuelto a saber más de ella.

La cosa hubiese acabado ahí pero hace pocos días, durante una reunión informal con varias cabezas “pensantes” de este país comenté en voz alta este caso sin, obviamente, mencionar ningún dato que ayudara a descifrar quien era esta madre. Dos abogadas muy relevantes se rieron y exclamaron en voz alta para que todos pudieran oírles: “¡Claro que sí, ella hace muy bien!”. Ante mi sorpresa supuse que no habían entendido que la propia madre había entrado en detalles y aclarado que no había existido el más mínimo maltrato y que había reconocido abiertamente que era un simple ardid legal. “No importa, algo habrá hecho él”, respondieron las dos como si de una logia secreta se tratase.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero al pensar lo que estaba presenciando. Casi visualizaba al pobre desgraciado con los grilletes puestos intentando defenderse de la vileza de estas acusaciones…como si la cosa estuviese para bromas.

Algunos varones que presenciaron la conversación guardaron silencio como si fuesen cómplices de la situación.

Tiempos difíciles pensé. Pobre niño, solo ante el peligro.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

¿PAN O SALMON?

No he podido resistirme a publicar este texto que escribí hace pocas semanas mientras todavía me encontraba de vacaciones. Es intemporal y puede hacernos reflexionar:

"Desde hace días notaba algo extraño en estos países por los que estoy viajando. No, no era el clima ni lógicamente la arquitectura u otras particularidades obvias. Tuve una sensación parecida en Dinamarca, se me acentuó en Suecia y finalmente en Noruega he confirmado lo que parecía tan solo una sombra de mis percepciones: ¡ hay niños por todos sitios ¡. Las calles están repletas de parejas jóvenes que tienen uno, dos y, muy frecuentemente, tres niños. Es muy frecuente ver una pareja en bicicleta con un niño pequeño sentado en un sillín auxiliar seguidos, a su vez, de otras dos pequeñas bicicletas con retoños de apenas un año de diferencia entre ellos.

Camino por Estocolmo y hay parques infantiles por doquier. Pero, ¿no éramos los latinos al igual que los italianos los que habíamos creado la “gran familia”?. Esa familia latina de muchos hijos con abuelos y tíos que compartían la mesa? Pues ahora parece que no es así. Hace pocas noches mientras deambulaba un tanto hambriento por un pequeño pueblo costero noruego comencé a hablar de este tema con una camarera que parecía tener ganas de cierta cháchara. La chica frisaba los veintipocos años y, al parecer, complementaba sus estudios con dicho trabajo extra. Me comentaba, ciertamente divertida por mi asombro ante tanta efervescencia de natalidad, que más de la mitad de sus compañeras de clase ya tenían uno o más hijos.

Resultaba lógico pensar que en unos países que se encuentran entre los más caros del mundo no sería fácil mantener a una familia por lo que otra explicación debería ser más plausible. Comencé a comentar las ayudas que tenemos en nuestro país y que acaban de ser instauradas por el gobierno. Ella me escuchó no sin poca curiosidad y comenzó a explicarme las ayudas del gobierno, en este caso noruego, a las parejas jóvenes: préstamos a bajo interés por parte de las instituciones (no de los bancos) para comprar una casa o, en su defecto, mantener un alquiler. En segundo lugar: un buen pellizco de coronas noruegas, al nacimiento de cada hijo pero luego una cantidad fija por cada hijo al mes (si, al mes!) hasta los tres años de edad. Pero la cosa no acaba ahí, luego otra ayuda tan solo algo inferior hasta los dieciocho años de edad. Si agregamos a estos ingredientes educación gratuita de buena calidad y soporte social, tan solo faltan unas pocas ganas de tener descendencia y ya está!

Salgo del restaurante un poco aturdido por tanta información y vuelvo a ver este reguero de niños de todas las edades que abarrotan las calles. Esta claro que el dinero no soluciona todos los problemas pero no es menos cierto que facilita unas cuantas cosas en el desarrollo de una familia.

Los niños españoles vienen con un pan debajo del brazo pero a los escandinavos les acompaña un buen salmón"


Oslo, finales de Agosto 2007

martes, 21 de agosto de 2007

UNA VUELTA POR CRISTIANA

Acabo de visitar Cristiana en Dinamarca. Formalmente son unos terrenos ocupados al ejército hace ya unas décadas. Para sus habitantes un feudo independiente del estado danés que les acoge en uno de sus barrios.
Tras hacerme algún lío que otro con el mapa logro encontrar los terrenos en el lado opuesto del puerto donde se encuentra la famosa sirenita de Copenhague. Un gran mural de colores muy vivos hace de antesala a su entrada principal. Para los que no hemos estado nunca en esta comuna nos asalta todo tipo de ideas que seguramente no tendrán correspondencia alguna con la realidad: no sabría como definirlas con exactitud pero, seguramente, una mezcla de actividades culturales con cierto regustillo anarquista.

Una vez que traspaso un amplio arco de oscuro ladrillo observo una multitud de jóvenes que se agrupan en corrillos y que deambulan de un sitio para otro. Por su actitud un tanto despistada deduzco que son turistas como yo. Me voy adentrando en sus estrechas calles rodeado de pequeños puestecillos destinados a tomar alguna bebida o refrigerio: aquí un restaurante vegetariano, allí una hamburguesería. Todo aparece sucio y descuidado y la verdad es que este factor no ayuda a que se abra el apetito: restos de comida, pequeños envases plásticos y papeles salpican el suelo por doquier a diferencia de la pulcra ciudad de Copenhague.

En uno de los portales un grupo de tibetanos recauda dinero para su justa causa en contra de la invasión china. En otro, un artesano corta con una sierra manual y un esfuerzo sobrehumano una cubierta de automóvil para construir un juguete. Me acuerdo de mi sierra eléctrica con cierta sana nostalgia.

Llego a un pequeño parque infantil donde los niños se tiran por un desvencijado tobogán metálico que augura una futura desgracia que, sin embargo, seguramente avezados médicos del exterior de Cristiana sabrán curar en una limpia sala de hospital.

Sigo adentrándome entre pasadizos flanqueados por unos cuantos tipos cuyo enrojecimiento ocular es directamente proporcional a las botellas de cerveza que yacen a sus pies y, la verdad, me entristece que muchas personas desfavorecidas por la vida hayan encontrado refugio en estos metros en vez de integrados en el exterior.

En una de las paredes se advierte que está prohibido tomar fotografías. Otro cartel recuerda que está prohibido robar (¿?) enzarzarse en peleas o las drogas “duras”. La permisividad con las mal llamadas “blandas” es evidente ya que advierto algunas plantas de marihuana que crecen felizmente bajo el débil sol danés y por supuesto fuerte olor a porros por doquier pero, para hacer honor a la verdad, son más bien los visitantes que aprovechan este remanente de ausencia de autoridad legal para encender los cigarrillos de cánnabis que sospecho han introducido desde sus respectivos países o desde la cercana Holanda. Digo yo que para los entendidos no hay nada mejor que un buen porro en una isla de anarquía. Una manera un tanto superficial de mimetizarse con esta raza de seres aparentemente libres.

Buscando las viviendas de esos niños que había visto hacía pocos momentos jugando en el parque observo una edificación de no más de tres plantas a mi derecha. Algunos cristales están rotos y la fachada desconchada. Desde una de las ventanas me saluda un niño de unos tres años en brazos de su madre. Parece feliz, le devuelvo el saludo y me premia con una sonrisa. Pocos metros más adelante se encuentra la desvencijada puerta de acceso a las viviendas. A pesar de la obvia advertencia de “prohibido robar” luce una cerradura. Irónicamente pienso si su función será evitar los robos por parte de los turistas.

Casi al salir un grupo de personas descarga alimentos del maletero de un coche para aprovisionar a un restaurante. Pero, ¿no estaba prohibida la utilización de vehículos a motor? Un momento más tarde veo que en dicha cantina se aceptan las tarjetas de crédito. Sigo sin apetito.

Al salir, otro arco que me había pasado desapercibido reza: “está usted entrando en la Unión Europea”. Me acuerdo del niño. Le doy vueltas en mi cabeza acerca de su tipo y calidad de vida, exento seguramente de tantos beneficios que, paradójicamente, tiene Dinamarca para sus habitantes. Me consuelo pensando que a ambos lados de esta imaginaria barrera se encontrará bien si es querido por sus padres.

Cruzo el arco y noto cierto gorgojeo en el estómago. Me vuelve el apetito, debe ser de tanto caminar.

lunes, 9 de julio de 2007

SINDROME DE ALIENACION PARENTAL (SAP)

Son muchos los programas que han dedicado muchos minutos al llamado Síndrome de Alienación Parental (SAP). En muchos casos los expertos han explicado las diversas artimañas con las que algunos padres degradan, literalmente, la imagen del otro conyuge y actual padre del niño o niña.



Uno de los mayores expertos en nuestro país es José Manuel Aguilar Cuenca, colaborador de nuestra publicación y cuyo peritaje sirvió, entre otros motivos, a que el juez fallase a favor de una niña de ocho años en la ciudad de Manresa. Nótese que he dicho “a favor de la niña” y no “a favor del padre” ya que, indudablemente es ella la más beneficiada de tener padre y madre a la vez. No podemos entrar en más detalles, por puro desconocimiento, de este caso en particular pero somos muchos los profesionales que hemos visto construir verdaderas paredes en torno a alguno de los progenitores. Desde la sutileza diaria: “¡Vaya, tu padre, como siempre llega tarde otra vez!” o bien: “¡ya sabes como es tu madre!”. Frases que fuera de contexto no poseen apenas significado alguno pero que repetidas, a modo de mantra, perfilan, año tras año, una opinión del otro padre/madre que ausente es incapaz de equilibrar los afectos.

Seamos positivos, enumeremos algunas normas para saber que hacer cuando retomamos una nueva relación y favorecer que nuestro hijo se integre en la nueva situación:

* Cuando anunciéis a los niños que habéis encontrado a alguien que compartirá vuestra vida, explicadles que ellos no perderán nada de vuestro amor y que la nueva situación no os impedirá ocuparos de ellos.
* Dejad bien claro que su papá / mamá será siempre su papá / mamá y que nadie lo reemplazará.
* No los presionéis para que admitan de buen grado a vuestro nuevo/a compañero/a y permitidles el derecho a demostrar su enemistad.
* Es inútil querer forzar el cambio de situación probando a “comprarles” con regalos, es más práctico demostrar interés por ellos y por sus actividades.
* Permitid que vuestro compañero/a ejerza una actividad educativa en la vida cotidiana... pero las decisiones importantes serán tomadas por el padre o por la madre.
* No preguntéis a vuestros hijos sobre la vida íntima de vuestro /a “ex” y, por su puesto, no lo desvaloricéis a sus ojos.
* Si el hijo de vuestro/a compañero/a pasa el fin de semana con vosotros, procurad que tenga una habitación propia, y si esto no es posible, un rincón que le pertenezca.

lunes, 4 de junio de 2007

SOS: "ESTAMOS SIN COBERTURA"

Lo que voy a relatar ocurrió hace unas pocas semanas durante uno de esos puentes que, no se si afortunadamente, ocupan gran parte de nuestro calendario hispano. Coincidí, durante un viaje a Marruecos con otra familia entre cuyos componentes se encontraba una adolescente de unos 17 años de edad. Familia inquieta y con ganas de descubrir cosas. Sin embargo, ya desde un inicio observé cierto magnetismo entre el móvil de la chica y su mano: ambas parecía sufrir de algún mecanismo biónico que hubiesen provocado una fundición de tejido humano y metal. Ya fuese en el barco como en los distintos medios de transporte: coche, bus o simplemente caminando por la medina de Asilah los comentarios inundaban el ambiente: “Ah!, ya vuelvo a tener cobertura”, o bien en los redaños de Tánger: “La acabo de perder”. Expresión que podría haber significado, antiguamente, desde la pérdida de la honra hasta un simple y banal descuido.

Bajo preciosas cascadas de agua, su padre la indicaba continuamente: “Venga, fulanita, suelta el móvil que te voy a sacar una foto”. En otros momentos mendigaba el móvil de su padre, una vez acabado su propio saldo, para mandar un mensaje “importantísimo”. Los campos estaban florecidos en esa bella primavera que comparten Andalucía y el país vecino pero en la ventanilla se recortaba el paisaje y una silueta que ostentaba algo parecido a un móvil.

Lo que en principio me despertó cierta simpatía y sorpresa he de reconocer que pasó a la preocupación: el etéreo vínculo entre ella y el “más allá” no parecía diluirse bajo ninguna circunstancia. La chica era incapaz de desconectar, de disfrutar de su entorno y sentirse sola e independiente. A su favor imagino que podríamos decir que es una edad muy proclive a una íntima y desatada sensación de enamoramiento en el que la pasión se filtra dentro de nosotros mismos como arena entre los dedos.

A la vuelta, en medio del estrecho, mientras hacíamos de aprendices de vigías e intentábamos vislumbrar grupos de delfines o malogradas ballenas, llegamos a escuchar en tono muy alegre: “¡Por fin!”. Inmediatamente todos nos giramos para intentar disfrutar de los acerados lomos de los pequeños cetáceos y de sus curiosas miradas pero, allí estaba ella con el móvil en la mano: Movistar había recuperado a una de sus incondicionales feligresas.

jueves, 17 de mayo de 2007

UN VASITO DE AGUA

Imagino que no soy el único padre a quien su hijo le pide un vaso de agua antes de dormir. Lo curioso es que esto sucede momentos después de lavarse los dientes. Es decir, de tener la oportunidad de beber voluntariamente lo que el desease. Sin embargo no hay noche en que no se repita la misma cantinela: "papa, el agua". ¿Que sucede entonces? ¿Alguna súbita deshidratación nocturna relacionada con algún intrincado mecanismo fisiológico? Si esto fuese cierto, ¿porque no bebe tan solo un minuto antes en el lavabo, incluso cuando le hago tal sugerencia? Parece evidente que el vaso contiene algo más que agua: quizás una necesidad del niño para sentirse querido o, al menos, el centro de atención hasta en los últimos momentos de su quehacer diario.


En las pocas ocasiones en que se me olvida o en otras, he de reconocerlo, que me largo de la habitación y pongo a prueba su tenacidad pensando: “¿Se le habrá olvidado?”. No me he apartado un par de metros cuando el usual requerimiento atrona el pasillo. Sonrío, voy a la cocina, tomo un vaso y vierto agua en él. El niño, sonríe ya cayéndose de sueño y seguramente pensará: “me quiere y me sigue cuidando, ha pasado la prueba” o, en el peor de los casos pensará que me está amaestrando cual mamífero en pos de su recompensa. Prefiero pensar en la primera opción. ¿Qué piensan ustedes?



José Miguel Gaona


Director “Educar Bien”


lunes, 7 de mayo de 2007

PADRES, CUSTODIAS COMPARTIDAS Y NIÑOS. MEJOR DICHO: NIÑOS, PADRES Y CUSTODIAS COMPARTIDAS.

Ayer por la noche en el programa de la segunda cadena denominado “Enfoque” se abordó el tema de la custodia compartida. Las opiniones, obviamente, era reñidas entre los distintos invitados: un juez de un juzgado de familia de Sevilla, representantes de distintas asociaciones a favor y en contra de dicha medida y la participación de uno de nuestros brillantes colaboradores: Julio Bronchal.

Resultaba difícil sustraerse a la lógica de este último. Podría decirse que por afinidad ideológica o simple cercanía profesional debería simpatizar con él. Sin embargo, creo que no eran estas las razones. Definió con claridad lo que suponía ser progenitor de “primera clase” y de “segunda”. Asimismo hizo otras observaciones en la misma línea que defendemos en esta revista en contra de la “alineación parental”. Ese estado de “lavado de cerebro” que uno de los progenitores ejecuta sobre sus hijos para enfrentarlo al otro progenitor y, de paso, atraerle hacia sí.

Entre otras muchas inteligentes apreciaciones, Julio Bronchal afirmó que uno de los primeros avances en la legislación fue la de reconocer que el cuerpo y la vida de los hijos no pertenecían a sus padres. El segundo progreso fue darse cuenta que la “psique” de nuestros hijos tampoco es de nuestra propiedad como para manipularla en el sentido de la “alineación parental”.

Así es: los hijos son un tesoro y nosotros tan solo sus custodios. Y si es así, ¿por qué algunos progenitores se atreven a hablar en primera persona defendiendo más bien derechos propios que el bien del niño?, ¿puede ser que el “pack” del niño se añadan otras ventajas cuyos beneficios exceden el comentarlas en estas líneas?. Las épocas en que ciertos grupos sociales daban por sentado que por pertenecer a una raza, sexo u otra particularidad personal conllevaba un privilegio social han quedado atrás. Pero, parece, que algunos no acaban de enterarse.

Creo que ayer avanzamos otro poquito a favor de nuestros hijos para que estos disfruten de madre y padre de la manera más equalitaria posible.

José Miguel Gaona

Director “Educar Bien”

viernes, 27 de abril de 2007

EL PENSAMIENTO CRITICO

En ocasiones me siento abrumado por la avalancha de información que recibimos a diario. Tenemos páginas webs que nos informan de las noticias minuto a minuto. Radios hora a hora. Canales de televisión que emiten las 24 horas del día y periódicos que compiten entre sí con sus contenidos informativos.

Casi todos reflejan lo que sucede en nuestro derredor y como tremendos amplificadores mediáticos repiten una y otra vez las mismas noticias. En gran parte de las ocasiones, dichas nuevas se acompañan de imágenes lo que les otorga, al parecer, una mayor veracidad: “si lo he visto debe ser verdad". Paradójicamente, la visión es el órgano que menos crítica recibe por parte de nuestro intelecto, mientras que, por ejemplo, la audición es escrutada con mayor celo y rumiada hasta deshilachar lo que consideramos “veracidad”. Es decir, curiosamente, es mucho más fácil engañarnos con lo que vemos que con lo que escuchamos. Los magos saben mucho de este arte de la ilusión.


Hoy en día cuando dos personas se cruzan en la calle o coinciden en un lugar determinado “comentan” las noticias del día. Si bien lo que hacen, en realidad, es repetir lo que han escuchado. El conocido escritor George Orwell decía “atibórrales de información y creerán que están pensando”. ¿Cuántos padres enseñan a pensar críticamente a sus hijos?, ¿a poner en duda lo que ven o aprenden?, ¿a jugar con las ideas?, ¿quizás lo que es considerado “normal” sea patético y enfermizo en muchas ocasiones?


Por poner un ejemplo, “normal” es tener caries y “anormal” ser inteligente y no por esto, lo último deja de ser deseable. En los tiempos que corren de un supuesto “pensamiento único” es nuestra labor abonar el “pensamiento crítico” de nuestros hijos, rico de individualidad, para que como semillas siembren de escepticismo a la siguiente generación. Dudemos y enseñémosles a pensar.


¿Qué os parece?, podéis dejar vuestro comentarios.


José Miguel Gaona.


Director de "Educar Bien"

lunes, 16 de abril de 2007

NIÑOS, EDUCACIÓN Y OTRAS COSAS...

Este pasado sábado participé en las “III Jornada Regional Familia y Escuela "Retos y Oportunidades" del Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid” con una conferencia cuyo tema era: “Formación para padres y madres: por qué, qué y cómo”. Todo ello se celebraba en el Parque WARNER de Madrid.

La conferencia marco titulada: “Retos y oportunidades para la educación del siglo XX” cuyo ponente era el renombrado escritor D. Juan Manuel de Prada dio comienzo y al desgranarla comenzaron algunos asistentes a removerse incómodos en sus sillas. El novelista apuntaba la necesidad de volver a recuperar ciertas tradiciones ya perdidas en los últimos años y cierta añoranza a valores que actualmente parecen desfasados. Todo parecía haber ido bien hasta el momento final en que algunos de los presentes tomaron el micrófono. Expresaron su disgusto por ciertas ideas que, según ellos, nos hacían retroceder en el tiempo a épocas ya olvidadas. Yo me revolvía en mi silla de ponente con cierta tensión (yo era el siguiente en la exposición). “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar….”. De Prada, con cierta dosis de provocación contestó holgadamente a cada uno de los asistentes mientras, paulatinamente, subía la temperatura del auditorio.

Pocos minutos más tarde comenzó mi exposición con cierto resquemor, después de lo visto, hacia la percepción de algunos de los asistentes: origen de nuestra publicación, relatar la manera en que escogemos los temas, línea editorial, etc. He de reconocer que, esporádicamente, alzaba la vista para escrutar las expresiones de los más de 450 invitados. Todo iba bien y así se mantuvo hasta el final. Respiré aliviado y tomó el turno D. Guillermo Cánovas de la asociación “Protégeles” quien hizo una brillante exposición acerca de cómo proteger a nuestros hijos de los peligros de Internet.

Para finalizar, intervino D. Agustín García Matilla (Director de Comunicación de la Universidad Carlos III de Madrid) con su ponencia” Educar para la comunicación y el pensamiento crítico: Niños y jóvenes frente a las pantallas” quien fiel al concepto del “pensamiento crítico” hizo numerosas referencias a Juan Manuel de Prada y no, precisamente, de sintonía ideológica. Otra vez la tormenta: los que antes aplaudían ahora movían la cabeza con desagrado y viceversa.

Incomprensiblemente, el debate sobre la educación parecía olvidar a los niños y se centraba, fundamentalmente, en cuestiones políticas que, seguramente, les afectarán de una u otra manera a través de las decisiones que se tomen “más arriba” pero, quizás fue una percepción personal, los niños pasaban a un segundo plano.

En un momento determinado una de las asistentes tomó uno de los micrófonos inalámbricos (eran ya casi las 3 de la tarde) y como un ángel reconciliador comenzó a enumerar varios paralelismos ideológicos entre el primer y último conferenciante. En definitiva, según ella, las posiciones no eran tan distintas. Lo cierto es que no se encontraba muy alejada de la verdad. Todo era cuestión de interpretaciones. La dulzura con la que rebajó la tensión ambiental e, inteligentemente, acercó posiciones como excelente mediadora me pareció, aunque fugaz, como una de las mejores intervenciones de esa sesión: renunció a sus posiciones personales en pos de tomar lo mejor de cada uno de los expositores: un excelente ejercicio de inteligencia emocional. Seguramente habrían más presentes que pensasen como ella pero que, al menos, uno diese la cara y se desmarcase de las “corrientes” y “tendencias” me hizo recuperar la fe que, por momentos, iba perdiendo en el futuro de nuestros hijos. Afortunados los alumnos que la tengan como maestra.

José Miguel Gaona

PD: al ir a colgar estas líneas he observado como uno de los autores hace referencia a dichas jornadas en un periódico nacional:

http://www.abc.es/20070416/opinion-firmas/fusilen_200704160255.html

Al otro no le he podido encontrar...todavía.

miércoles, 4 de abril de 2007

FALTA DE CUIDADO (PARECE)

Acabo de leer que en Holanda se ha inaugurado la primera clínica para niños alcohólicos. Esta noticia podría sorprender a muchos pero, en el fondo no hace otra cosa que poner el dedo en la llaga: los niños (ni hablemos de los adolescentes) tienen problemas con la bebida.

La clínica trata la propia adicción al alcohol así como las intoxicaciones agudas. La mitad de sus ingresos los constituyen pacientes de sexo femenino cosa que al periodista, curiosamente, parece sorprenderle.

Para generar un cuadro aún más sombrío los niños holandeses (tomemos nota de ello aquí en España) no se contentan con bebidas tradicionalmente consideradas como "suaves", es decir, la cerveza. Incluso el 90 % de los niños holandeses admite haber bebido, para más remate, "alcohol del duro".

Mientras se lee, un tanto aturdido esta noticia, pasa casi desapercibido uno de los casos que ilustran este artículo: un niño llamado Nik de 12 añitos (a esa edad, todavía se tienen "añitos"). Explica el chaval: "...ellos (los padres) me dejaban en la habitación del hotel jugando con mi consola de videojuegos y allí había un minibar...lo primero que cogí fue la botella... ni se dieron cuenta".

Puede ser, hasta cierto punto, producto de una negligencia dejar al niño solo en una habitación de hotel. Pero, ¿Cuántas veces ha de haber estado abandonado o descuidado como para desarrollar un problema de alcoholismo?, ¿Cuál es el problema real?: ¿El alcohol o la falta de supervisión y cuidados? El responsable de la nueva clínica termina diciendo a este respecto: “es porque algo va mal en casa, que es donde se aprenden los valores y los referentes en la vida”. Da que pensar…¿no?